JUAN MANUEL DE PRADA LEVANTA EL SÉPTIMO VELO Y OBSERVA LA NATURALEZA HUMANA.

 

Por Guillermo Arróniz

“Es opción de cada uno a sentir lo que es y poder llegar a serlo”
El séptimo velo, novela ambientada, fundamentalmente, en el París ocupado por el ejército alemán hace a Juan Manuel de Prada merecedor del Premio Biblioteca Breve 2007. El libro se explaya en las sevicias y grandezas del ser humano, amalgamadas a veces en las mismas personas, unas con fama de canallas, otras con notoriedad de héroes. La prosa plagada de símiles y metáforas siempre originales, el léxico rico, los buceos por los insondables abismos del alma humana, apuestan por el lector comprometido.


 

Un premio más en una larga lista, ¿qué se siente al seguir encandilando a la crítica?

Bueno, yo diría que encandilo a las editoriales y a los jurados. Es un premio con una gran trayectoria literaria dentro de los que se convocan en España. Éste era especial para mí porque escritores que admiro lo han ganado antes. Yo tenía la aspiración de encontrar un editor que tenga mi concepción de la Literatura y creo que Seix Barral lo es. Por eso me presenté al premio y quizá sea el último al que me presente. Al menos de novela.

 

En varias ocasiones, los personajes del libro, hermanan el nazismo y el comunismo. Lucía, una de las protagonistas, llega a decir: “Os conozco bien. Sois como el aguarrás. Os he visto machacar a los anarquistas, a los disidentes de vuestro propio partido. No matáis por un ideal; matáis porque la muerte es vuestro negocio”. Sin embargo, la publicidad del comunismo es menos negativa en España que la del nazismo, ¿por qué?

Por razones muy complejas. Primero por las circunstancias españolas. El Partido Comunista fue, durante los años del franquismo, la oposición más visible a nivel internacional. En otros países como la Unión Soviética se encarnó en políticas de poder y desde allí ejerció una propaganda enorme y encandiló incluso a muchos intelectuales que llegaron a elogiarlo y cantarlo.
Y ahora, muerto ya el comunismo, al menos en Occidente, prevalece la idea de que la izquierda tiende a la democracia y la derecha al fascismo. Esto es un disparate que sin embargo la gente ha asimilado como algo corriente.
Vincular el comunismo con la democracia es un como vincular la velocidad con el tocino. Son cosas que no tienen nada que ver. Pero sucedió así y aún padecemos sus consecuencias.
Los totalitarismos tienen un vínculo común evidente. El fascismo es como un hijo del comunismo. Un ejemplo de ello es que Mussolini y Hitler militaron ambos primero en el socialismo.

 

Un personaje secundario viene a decir que al menos parte del gobierno franquista era consciente de haberse equivocado al elegir el bando en la Segunda Guerra Mundial. Vamos, que la balanza, supuestamente neutral, se había inclinado por el lado del “Eje” en un error que se vendría a pagar después con el aislamiento internacional. ¿No le da miedo poner el dedo en la llaga?

No, la realidad es así. Por otro lado la imagen de la España aislada es falsa. Las potencias occidentales ya estaban haciendo tratos de matute con Franco al final de la Guerra Civil. Gran Bretaña veía con mejores ojos a Franco que a la República. Las potencias consideraban a Franco un cutre y a los españoles unos salvajes, pero a pesar de todo preferían una victoria de los “nacionales”. Un ejemplo es que en 1955 España es admitida en la Sociedad de Naciones. Y ya antes mantiene relaciones comerciales y diplomáticas normalizadas con potencias occidentales. Ese aislamiento era una especie de paripé que les interesaba.
Franco podía ser, en efecto, cutre, pero no era tonto. Cuando comprendió el error que supuso apostar por el Eje trabajó por ponerse en relación con las potencias que iban a ganar la guerra.
Otra prueba es que los nazis que se refugiaron en España en 1945 fueron muy rápidamente expulsados, a diferencia de lo que ocurrió en países como Siria o en otros de Sudamérica.

 

Y ya dispuesto a hurgar en las heridas inconfesas de unos y otros recuerda el vergonzante episodio del gobierno republicano en el exilio aconsejando al medio millón de españoles refugiados en Francia que regresaran a España, engañándoles para que lo hicieran... cuando lo que les esperaba era de todo y nada halagüeño. ¿Le sale caro recordar las equivocaciones de los “nacionales” y los “republicanos”?

Sí porque España, y hoy más que nunca, se ha convertido en un país de banderines, de facción. Eres de un bando o de otro. Y en mi novela trato de reivindicar a la gente que sufrió, no a un bando o a otro. Las autoridades republicanas, como mínimo, pecaron de inconscientes al aconsejar el regreso a España de los exiliados en Francia.

 

Entre los agradecimientos (que usted sí se prodiga en repartir), hay unas palabras dedicadas a tu hermana, que fue a visitar a uno de los personajes de la novela. Otro de ellos, confiesas haberlo extraído de un libro de Henry Sergg. ¿Cuántos más están basados en personas de carne y hueso? ¿Hasta qué punto la historia es ficción?

La historia es absolutamente ficticia, aunque plausible históricamente porque el trasfondo es real. Pero sólo algunos de los personajes secundarios existieron como Henri Lafont, que se benefició del comercio en la situación de la Francia ocupada; o como el embajador alemán en París Otto Abetz, o como el germano-argentino Carlos Fuldner que preparó operaciones de huida de diversos nazis. Pero la historia es inventada.

 

“...quizá la felicidad genuina no exista salvo como aspiración utópica; o, si existe; nadie se arriesga a quemarse en su llama”. ¿Alcanza la felicidad genuina Juan Manuel de Prada cuando escribe? ¿O un sublime tormento del que no puede escapar?

Más bien para mí es un sublime tormento del que no puedo escapar. Yo creo sinceramente que los escritores que aseguran disfrutar y pasarlo muy bien escribiendo son sospechosos. Sólo desde la superficialidad puede ser así. Más allá de la dificultad del acto de escribir, existe la dificultad de enfrentarse a la naturaleza humana, que es la naturaleza del propio escritor, en definitiva.
La escritura no proporciona la felicidad, aunque puede que sí un alivio al plasmar los sentimientos y miedos sobre el papel.

 

¿No resulta agotador tocar tantos hilos sensibles, frágiles y demoníacos, angélicos y terribles, del alma humana al describir tantos personajes

 Sí, sin duda alguna. Es un trabajo que erosiona mucho. Acompañar a la naturaleza humana durante seiscientas páginas es extenuante. Pero ésa es la labor del escritor: hablar de las grandezas y miserias del hombre. Y en ese sentido es la novela de la que me encuentro más satisfecho, porque en ella he profundizado más en el alma humana.

 

De toda la documentación que ha sido necesaria para escribir este libro, ¿qué ha dejado más atónito a Juan Manuel de Prada? ¿Qué depravación no hubiera imaginado nunca del ser humano con la que ha tenido que enfrentarse?

No, en ese sentido estaba curado de espanto. Los hombres somos débiles, estamos hechos de barro. Aunque estemos hechos también de sustancia espiritual, somos débiles.
Lo más sorprendente fue descubrir la verdad histórica de la Francia ocupada durante los años en que parecía que Alemania ganaría la guerra. No había casi resistencia, eran muy poquitos los que se oponían. No se rebelaron demasiado contra la ocupación. Durante el primer año y medio no hubo ni siquiera protestas. No le costó convertirse un país sojuzgado. Esto fue turbador: ver una gran nación como Francia, con una gran Historia, sometida sin protestar.

 

En su libro tiene un protagonismo especial el circo, “dignificado” por hacer de importante intermediario en la salvación de personas durante el conflicto. ¿Por qué ha rescatado esta forma de entretenimiento humano en su novela? ¿Qué es lo que el Juan Manuel de Prada niño sigue disfrutando más del espectáculo circense?

A mí me ha gustado siempre mucho. El circo tiene muchas cosas hermosas. En contra de lo que dicen algunos protectores de animales creo que tiene algo que ver con el paraíso: en el circo el hombre y la bestia conviven y no sólo conviven, sino que llegan a ser amigos.
Y es la forma más depurada de arte porque el artista de circo vive en los arrabales de la sociedad. Es el último maldito. Los escritores, los artistas plásticos estamos dedicados a halagar al público. Sin embargo, el circense sigue siendo el artista bohemio, alguien que, de algún modo, se dedica a fustigar a la sociedad.
Y además ese gusto por lo bizarro o incluso por la sordidez identifica lo que más me interesa de la naturaleza humana.
Inevitablemente, por otro lado, con su pirueta, su malabarismo, su más-difícil-todavía, tiene que ver con la estética y el espíritu del Barroco, también muy próximo a mi sensibilidad.

 

Las esquinas del aire, Las máscaras del héroe, El séptimo velo... son todas obras de una gran extensión que vienen a sumarse a otras novelas, y a una extensa labor periodística. ¿Cómo conjuga su vida personal y la dedicación en cuerpo y alma a la Literatura? ¿Cómo marca el reloj las horas para usted, terriblemente o con la esperanza de un instante perfecto?

Creo que no hay que deslindarlas, la Literatura es parte de la vida del escritor. A veces tan absorbente que te quita parte de la otra vida, pero no es mi caso. Yo no establecería una barrera.